“Nunca había visto una sequía tan grave”, asegura Lache. Dado que San Francisco se encuentra a diez horas en bote desde la ciudad portuaria de Nauta, que conecta con la capital de la región, Iquitos, el transporte de las cosechas y la interconectividad fueron interrumpidos, afectando medios de vida, biodiversidad y ecosistemas. “Las embarcaciones no pasaban y el riesgo era que se perdiera el producto”, indica. Asimismo, los “caños” ─como localmente se conoce a los pequeños ríos─ se secaron y los peces empezaron a morir.
Con 53 años, Lomas es testigo de los cambios en el ambiente. “Ahora en el tiempo de lluvias, hay verano”, dice. La ausencia de precipitaciones y el calor extremo han tenido un impacto directo sobre otros ecosistemas. “Los aguajales también se quedaron secos y algunos se echaron a perder porque estas plantas se mantienen a base de abundante agua”, señala.
Los bosques de aguaje
Para Lomas, algunos de estos cambios en los aguajales ─un tipo de humedal dominado por la palmera Maurita flexuosa, conocida localmente como aguaje─ están relacionados con el cambio climático y con la depredación del bosque. En su comunidad y otras partes de la Amazonía predomina la tala de la palmera hembra del aguaje para obtener el fruto del mismo nombre. Su cosecha es una importante fuente de entrada para muchos pobladores que ingresan a los bosques inundados dominados por la palmera durante la temporada seca, cuando el nivel del río baja. Sin embargo, los recolectores cuentan que cada año deben adentrarse más en el bosque para encontrar el fruto, que a su vez es el alimento directo de aves y mamíferos.
De acuerdo con un estudio conducido por CIFOR-ICRAF y otras instituciones, en la Amazonía peruana los pantanos de palmeras sobre turba registraron entre 2007 y 2018 una tasa de degradación de 17 650 hectáreas por año y una tasa de deforestación de 4200 hectáreas anuales. Esta pérdida no solo reduce la disponibilidad del aguaje, también altera el clima. En las tierras bajas amazónicas inundadas de Perú, las turberas de aguajales almacenan contribuyendo al calentamiento global.
En San Francisco, algunas familias están dando pasos firmes para conservar los aguajales, pues son ecosistemas clave para su alimentación, cultura y economía. “Estamos tomando acción pensando en nuestros hijos”, señala Belvi López, agente municipal de la comunidad.
“Antes, el aprovechamiento del aguaje no estaba regulado, quien quería, lo cortaba, nadie decía nada, ni el propio Estado”, recuerda. Pero con la creación de la Reserva Nacional Pacaya Samiria en 1972, las comunidades asentadas dentro del área protegida tuvieron que adaptarse a nuevas reglas para el uso y comercialización de los recursos. Así, el Sernanp comenzó a otorgar derechos de aprovechamiento bajo planes de manejo para asegurar su sostenibilidad.